DISONANCIAS
Aire, tierra, fuego y agua
El cielo muestra pinceladas grises con toques negros y destellos rojos. Lo acompañan gotas de variada intensidad.
Las hay furiosas, de sonido rocoso, escoltadas por ráfagas de viento. Las hay calmas, apenas sutiles lloviznas que suenan con cadencias de arpegios. Las gotas pícaras gustan usar las cabezas como timbales. Y las más osadas disfrutan filtrarse entre la ropa y deslizarse por la piel.
Lluvia macabra y bondadosa a la par. Con palabras sedosas le acaricia los oídos a la tierra: soy tu salvación, haré claudicar a la sequía, le daré brillo a tus hojas y acrecentaré tus cosechas. La tierra accede y le da la bienvenida, sabiendo que no vacilará en anegarla.
Al verla llegar, la sequía enrojece aún más. Justo a ella, que con sus lenguas de fuego vuelve al barro otra vez tierra. Y al decirlo su ego se agranda. Pinta rajas, talla surcos y seca árboles. Justo a ella, intimidarla. No sé rendirá fácil, dará batalla. Una estocada final hará posible su miserable triunfo.
Lluvia y sequía son capaces de alzar pancartas de muerte. Y nunca pedir disculpas por sus desbordes. Nefastas binarias cruentas. En sus extremos habitan el bien y el mal.
Las tormentas humanas se les parecen. Ya no importan los que imploran. Ciegas de oídos, mudas de ojos, silentes de corazón.
Juegan y aullan: En la ronda de San Juan, si piden pan no les dan, si piden queso les dan hueso y (para que aprendan) les cortan el pescuezo. Entre gotas doradas cantan: “el que se ríe se va al cuartel”. Y con voz áspera se justifican: “todos portamos una cuota de hiel”.