Imaginaba tu rostro cuando tomé la guitarra y rasgueé las notas de esa canción que no cantamos, pero que envolvía cada uno de nuestros encuentros.
Nunca la cantamos porque las bocas solo hurgaban los huecos, y los labios se abrían nada más que para murmurar te quiero. Y los cuerpos la danzaban sobre la cama, y las sábanas cómplices la escondían entre los sudores.
Te veo llegar y tu sonrisa me abraza. Y mi guitarra presiente que hoy tampoco cantaremos nuestra canción.
Marta

Un día como tantos.
Otra mañana igual. Nos saludamos con un beso de costumbre, pasaron mil años desde el último verdadero. Te afeitás, tomás un café de pie, recogés tu portafolio y te vas dejando una estela de almizcle en el pasillo.
Caminaba devorando las veredas. Su pamela blanca peleaba con el viento.