A TIENTAS

A tientas

«Por qué nos enseñaron a esperar sin darnos armas contra el cansancio… sin avisarnos que en algún punto se acabarían las señales y  deberíamos continuar a tientas»

José Sbarra

 

Noche lluviosa y fría en una ciudad aterrada por injusticias humanas, meteorológicas, divinas. Una ciudad que sumergida en un letargo de emociones, implora por una ceguera transitoria; una que le impida ver a ese otro hombre, su mujer y sus hijos cobijados por un cielo, nada más. Despreciados por los otros, nada menos. Vistos como extraterrestres, que vagan por el puro placer de vagar. Que en lugar de un techo, una manta, un fuego, un plato caliente eligen el amparo de las estrellas, tan escondidas esta noche.

Y piensan que lo eligen porque sí, por el simple y puro goce de sufrir. Por esa manía de vivir esperando que les den.

Contrario a las Santas Escrituras los hombres se empeñan en señalar: no les den pescado, enséñenles a pescar. E insisten en que repartir anzuelos y cañas es lo mejor, qué aprendan por fin a procurarse el alimento en este río de barro.

Y lo dicen, sin dudar de la fragilidad divina. Y se preguntan por qué insisten en esperar. Omiten a sabiendas que es una espera distinta a la espera sin días de ayuno.

Asustados entran en la vorágine de acumular para tapar la falta, y para jamás volverse espejo del mísero destino de esos otros hombres.

Y ante el terror del vacío nos acurrucamos muertos de ilusión y muertos de miedo, para al menos a tientas poder seguir siendo.

Marta

DISONANCIAS

 

 

 

 

 

 

DISONANCIAS

Aire, tierra, fuego y agua

El cielo muestra pinceladas grises con toques negros y destellos rojos. Lo acompañan gotas de variada intensidad.

Las hay furiosas, de sonido rocoso, escoltadas por ráfagas de viento. Las hay calmas, apenas sutiles lloviznas que suenan con cadencias de arpegios. Las gotas pícaras gustan usar las cabezas como timbales. Y las más osadas disfrutan filtrarse entre la ropa y deslizarse por la piel.

Lluvia macabra y bondadosa a la par. Con palabras sedosas le acaricia los oídos a la tierra: soy tu salvación, haré claudicar a la sequía, le daré brillo a tus hojas y acrecentaré tus cosechas. La tierra accede y le da la bienvenida, sabiendo que no vacilará en anegarla.

Al verla llegar, la sequía enrojece aún más. Justo a ella, que con sus lenguas de fuego vuelve al barro otra vez tierra. Y al decirlo su ego se agranda. Pinta rajas, talla surcos y seca árboles. Justo a ella, intimidarla. No sé rendirá fácil, dará batalla. Una estocada final hará posible su miserable triunfo.

Lluvia y sequía son capaces de alzar pancartas de muerte. Y nunca pedir disculpas por sus desbordes. Nefastas binarias cruentas. En sus extremos habitan el bien y el mal.

Las tormentas humanas se les parecen. Ya no importan los que imploran. Ciegas de oídos, mudas de ojos, silentes de corazón.

Juegan y aullan: En la ronda de San Juan, si piden pan no les dan, si piden queso les dan hueso y (para que aprendan) les cortan el pescuezo. Entre gotas doradas cantan: “el que se ríe se va al cuartel”. Y con voz áspera se justifican: “todos portamos una cuota de hiel”.

 

 

 

Flor de otoño Marta Ritondale

FLOR DE OTOÑO

 

Por el amor de una rosa, el jardinero es servidor de mil espinas.

                            Proverbio Turco

 

Bebía a sorbos el café y contemplaba el viejo serbal del jardín que, implacable, marcaba sin error el tiempo. En su fronda, quedaban todavía hojas rojas del fin del verano y un dorado intenso pintaba el resto anunciando el fin de un ciclo.

Había pasado más de una semana del encuentro, y desde entonces sentía el peso de mil años acunándose en los hombros.

No podía dejar de pensar en ese día. No podía dejar de pensar en el momento en que se acercaron. Su cuerpo se estremeció y le aleteó el alma. Y por un instante sintió que estrenaba vida. Se saludaron con un beso en la mejilla y, en el breve contacto, el olor de su pelo le devolvió el aroma de la infancia. Había jurado no llorar. Caminaron por el querido sendero del parque. Sus codos se rozaban apenas con el vaivén de los pasos lentos. Y sus manos temblaban por evitar el contacto prohibido. El sol deambulaba entre las hojas de los alerces y los pinos. Y el griterío de los niños colmaba el espacio de algarabía. El carrusel giraba loco: sonaba la ronda de San Miguel, donde todos cargan su caja de miel.

Y nos miramos. Tu cara brillaba con sudor de lágrimas. Y contuve las ganas de apretarte junto a mí. Pero mi mano sin gobierno, alzó vuelo a tu mejilla y la rozó como una pluma acaricia el aire mientras cae. Y me hundí en tus ojos con el sabor del encuentro y el dolor de la despedida. En un murmullo dije: No llorés, no llorés por favor…, que el agua no nos borre, que alguno pueda quedarse con la mejor versión de nuestras vidas. Solté tu mano y sin volver la mirada comencé el regreso.

Corté la última rosa del jardín y al cerrar la puerta mis manos doradas, apagaron su luz.

 

 

Marta