La cuesta de enero

 

 

Oí decir que a lo largo de la vida se conocen muchas máscaras y muy pocos rostros. ¿Cómo pega esta idea con las soledades y las indiferencias?

Este presente lleva a la imperiosa necesidad de hacer estallar en el afuera lo que llevamos encorsetado en el adentro.

Que se vengan los ruidos para tapar pensamientos, sentires, huecos.

Diciembre es un mes en el que la algarabía se vuelve obligatoria; y el estruendo, condición necesaria. Lo ineludible para que advenga el futuro esplendoroso. La cultura lo impone, y ha cumplir se ha dicho. A adorar el falicismo del dinero. A gastar lo que sea en busca del reconocimiento tan necesario en tiempo de balances.

Y la cuesta de enero quedará como resto del carnaval decembrino.

Porque nada es suficiente para ocluir, atontar la mente y acorazar los sentidos.

Que la falta no se haga presente. Que podamos, por un segundo al menos, vivir la tan añorada completud. Que gocemos, por un instante, de la amada perfección.

Y, sobre todo, que olvidemos lo más rápido posible la madera, los clavos y la cruz.

 

Marta

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