Dos

En un instante, un temblor

Y las caracolas vuelan

Y las dunaviolas flotan en el barro

Y las rosas de agua

se empolvan de arena

Y las barroplayas nacaradas

juegan al escondite con la espuma

Y la calma

Mi tú, tu yo

Y un solo nombre.

 

Marta

 

El sabor del desencanto

Un pájaro negro puede arruinar la vista del cielo

Takeo Arishima

 

El desencanto llenó cada poro de mi cuerpo, su agrio sabor inundó mis vísceras. Me fui para adentro, al lugar original. Volví a ser un punto en medio del cuerpo. Al amparo de los huesos, de los músculos, de los venas y de las arterias. Un cigoto. Un bosquejo. Una nada todavía.

Mi presencia seguía en el salón y yo, ahí, dada vuelta como una media presta a zurcirse. Expuesta a un exterior carente de comprensión.

La desilusión me estrujó como a un papel celofán. Con el ruido tapado por los murmullos impiadosos.

No me gustan las sorpresas, y esta lo fue. Había entregado parte del alma.

La decepción acrecentaba el dolor. Ya nada iba a ser igual, no podía ser igual, no debía ser igual.

No creo, no adhiero, a eso de “todo bien, no es para tanto, no pasó nada tan terrible…” Porque es terrible que te sorprenda la vida mostrando las máscaras verdaderas.

Por un momento el aire no entró en mi cuerpo, un nanosegundo prestado a la muerte. Un instante eterno en que me fui para adentro en el desesperado intento de salvarme.

 

 

Marta

 

 

 

Jamaica Kincaid

NIÑA

Lava la ropa blanca los lunes y ponla a secar en la piedra; lava la ropa de color los martes y ponla en el tendedero; no camines sin sombrero bajo el sol; prepara las frituras de calabaza con aceite dulce caliente; remoja tu ropa pequeña en cuanto te la quites; cuando compres algodón asegúrate de que no tenga goma, sino no aguantara ni el primer lavado; deja remojando el pescado una noche antes de que lo cocines; ¿es verdad que cantas benna en la escuela dominical?; come siempre de Continuar leyendo «Jamaica Kincaid»

Ensueño bajo el paraíso

Mediodía de verano en la capital. Cemento y esmog. Espero en la plaza la hora de volver a la oficina. Mi mirada baila por el espacio. Entrecierro los ojos. La brisa trae un intenso aroma a jazmines que me envuelve como una caricia y despierta mis sentidos. Busco ávido alrededor. Y la veo, recostada en una manta roja bajo la sombra del paraíso. Un Rodin de porcelana blanca, Continuar leyendo «Ensueño bajo el paraíso»

La canción que no cantamos

Imaginaba tu rostro cuando tomé la guitarra y rasgueé las notas de esa canción que no cantamos, pero que envolvía cada uno de nuestros encuentros.

Nunca la cantamos porque las bocas solo hurgaban los huecos, y los labios se abrían nada más que para murmurar te quiero. Y los cuerpos la danzaban sobre la cama, y las sábanas cómplices la escondían entre los sudores.

Te veo llegar y tu sonrisa me abraza. Y mi guitarra presiente que hoy tampoco cantaremos nuestra canción.

 

Marta